"Solo llegás rápido, pero acompañado llegás más lejos": La hazaña de cruzar los Andes a pie

Esta es la historia de Mezzi, pero no el legendario jugador de futbol, por obvias razones y la más notoria es su apellido que si bien suena igual no se compone de exactamente las mismas letras, Guido es estudiante de ingeniería agrónoma y relata su experiencia tras recorrer 420 kilómetros en 16 días junto a otros 100 jóvenes. Una historia de resistencia física, fe y, sobre todo, una hermandad que no dejó a nadie atrás.
Lo que comenzó con un mensaje de texto recibido mientras estudiaba en su casa, se transformó para Guido Mezzi en la aventura más significativa de su vida.
Guido formó parte de la "Cruzada de María", una actividad del movimiento de Schoenstatt que cada tres años desafía a la Juventud Masculina a conectar santuarios desde Mendoza hasta Santiago de Chile, cruzando la imponente Cordillera de los Andes a pie.

LA LOGÍSTICA DEL ESPÍRITU
El desafío no es para cualquiera. Con solo 100 cupos para jóvenes de diez países, los filtros de selección son estrictos debido a la alta demanda y a la exigencia logística.
El trayecto abarca 420 kilómetros en 16 días, con un promedio de 30 kilómetros diarios bajo condiciones extremas: desde el calor sofocante del día hasta el frío intenso de la noche, ascendiendo desde los 900 hasta los 3.800 metros sobre el nivel del mar en el Cristo Redentor, "Tenía el pensamiento de que iba a sufrir una banda", confiesa Guido.
Sin embargo, la realidad física fue rápidamente superada por un descubrimiento espiritual: el poder de la comunidad.

EL "MALÓN" QUE EMPUJA
La rutina diaria comenzaba a las 4:30 de la mañana. Tras una "arenga" que mezclaba motivación y oración, el grupo salía a caminar a las 5:30. En el camino, las barreras idiomáticas con participantes de países como Brasil se derribaron mediante gestos y mucha paciencia.
La experiencia, según relata, "no es apta para delicados". Los jóvenes debían desayunar un pan con té y, en las jornadas más largas, almorzar papas o huevos cocidos con las manos sucias de protector solar y polvo del camino.
En medio de la precariedad, la solidaridad floreció, "Ahí te das cuenta de que solo llegás rápido, pero acompañado llegás más lejos", explica Guido. El joven describe al grupo como un "malón" que empuja a los que están cansados. El momento más humano del relato surge cuando describe la resiliencia del equipo: "Si decías ‘estoy muerto, ya no doy más’, te agarraban, te subían al hombro y seguíamos caminando".

EL CRISTO, TAN CERCA Y TAN LEJOS
El punto culminante fue el ascenso al Cristo Redentor. Con pendientes de 30 grados que obligaban a detenerse cada kilómetro y medio por el agotamiento, la visión de las banderas de 10 países unidas generó una emoción difícil de describir. "Es una emoción rara... estás tan cerca y tan lejos a la vez", recuerda sobre el tramo final hacia la cumbre.
Más allá del paisaje, el cruce permitió una conexión con la historia. Al pasar por el puente de Picheuta, Guido y sus compañeros reflexionaron sobre la hazaña de San Martín y el Ejército Libertador hace 200 años, imaginando el frío y la falta de equipo de aquellos soldados en comparación con su propia travesía.

LAS MARCAS DE LA GUERRA
Al regresar a su vida cotidiana, Guido reconoce que la Cruzada es una experiencia única en la vida que marca un antes y un después en lo mental y psicológico. A pesar de los dolores de rodillas y tobillos que casi lo hacen abandonar en varios puntos, hoy porta con orgullo lo que llama sus "marcas de guerra".
"Parece poco porque fue una actividad más, pero en realidad fue significativo", concluye.
La Cruzada de María no fue solo una caminata de 420 kilómetros; fue la prueba de que el límite del cuerpo es solo el comienzo de la fortaleza que surge cuando se camina junto al otro.


