Bullrich expuso un límite poco visible del reconocimiento facial en apps
El exsenador con ELA contó que ya no puede superar validaciones biométricas. El caso reabre el debate sobre accesibilidad en sistemas de seguridad digitales.

El exministro y exsenador Esteban Bullrich volvió a usar sus redes para visibilizar una dificultad cotidiana que atraviesan muchas personas con enfermedades degenerativas: no poder superar los sistemas de reconocimiento facial que hoy funcionan como llave de acceso a aplicaciones y servicios digitales.
Diagnosticado con Esclerosis Lateral Amiotrófica en 2021, explicó que los cambios físicos producidos por la enfermedad hicieron que varias plataformas ya no lo reconozcan al intentar validar su identidad mediante Face ID. "La ELA se está llevando mi cuerpo. No debería llevarse también mi dinero", escribió, en un mensaje que rápidamente se viralizó.
ALS is taking my body. It shouldn't also take my money.
— Esteban Bullrich (@estebanbullrich) April 27, 2026
5 months ago @binance's Face ID stopped recognizing me because the disease changed my face. Their response: nothing. No accessible alternative for users with disabilities.
This is what happens when a platform moving…
Más allá del caso puntual, su planteo puso el foco en una situación poco contemplada por el diseño de muchas aplicaciones: cuando la biometría deja de ser una solución y se convierte en una barrera.
El reconocimiento facial funciona a partir del análisis de rasgos únicos, distancia entre ojos, forma de la nariz, estructura ósea que, en teoría, permanecen estables en el tiempo. Pero enfermedades, accidentes o tratamientos médicos pueden modificar esas características y dejar al usuario frente a un bloqueo digital sin alternativas claras.
En la mayoría de las apps, estos sistemas se presentan como una capa extra de seguridad dentro de la autenticación de dos factores (2FA). Sin embargo, especialistas en accesibilidad digital advierten que, si no se ofrecen métodos paralelos de validación, como códigos dinámicos, autenticadores externos o validaciones manuales, la herramienta termina excluyendo a quienes más necesitan flexibilidad.
El caso de Bullrich no apunta solamente a una empresa, sino a un diseño extendido en el ecosistema tecnológico actual: soluciones pensadas para la seguridad promedio del usuario, pero no para escenarios donde la identidad física cambia con el tiempo.
La discusión que abrió en redes trasciende su experiencia personal y pone en agenda un desafío creciente: cómo garantizar que la seguridad digital no se transforme, sin quererlo, en una forma de exclusión.
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