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Martes 31 de Marzo, 2026
 
 
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Santa Fe

El antecedente de otra alumna del Mariano Moreno atacada por una patota

Antes del crimen de Ian Cabrera, Delfina Nardulli sufrió un brutal ataque y debió irse de San Cristóbal por amenazas. También asistía al mismo colegio.

El crimen de Ian Cabrera volvió a poner el foco sobre lo que ocurría puertas adentro y fuera de la comunidad educativa de la Escuela Mariano Moreno. Pero no es el único episodio violento que involucra a estudiantes de esa institución.

A comienzos de este año, Delfina Nardulli, hoy de 16 años, fue víctima de un ataque grupal que le dejó secuelas físicas y psicológicas profundas. La adolescente también asistía al Mariano Moreno y conocía tanto a la víctima como al agresor del hecho ocurrido este lunes.

Según relató su abuela Pamela, el ataque fue el desenlace de meses de hostigamiento, amenazas y agresiones que la joven venía sufriendo por parte de un grupo de compañeros. La situación escaló la noche del 1 de enero, cuando fue interceptada en la calle por cinco personas que la acorralaron y la agredieron con un objeto cortante que le provocó múltiples heridas en el rostro.

Delfina fue trasladada de urgencia al Hospital Cullen, donde recibió las primeras curaciones y luego una cirugía reconstructiva. Sin embargo, las lesiones derivaron en queloides que, según indicaron los médicos, no podrán tratarse nuevamente hasta dentro de un año.

Tras el ataque, la familia denunció el hecho como tentativa de homicidio. Sin embargo, según su entorno, las amenazas continuaron y la adolescente quedó sumida en un cuadro de miedo constante que la llevó a pedir abandonar la ciudad.

En febrero, madre, hija y abuela dejaron San Cristóbal, cambiaron de domicilio, de escuela y de trabajo, en un intento por empezar de nuevo lejos de quienes la habían atacado.

El impacto de lo ocurrido este lunes reavivó los temores. "Fue un mazazo", describió Pamela, quien explicó que Delfina recién ahora comenzará un tratamiento psicológico para abordar las secuelas emocionales que arrastra desde el ataque.

En su nuevo colegio, la adolescente pudo contar lo que había vivido el primer día de clases. Ese gesto, según su familia, fue el primer paso para empezar a dejar atrás el silencio y el miedo que marcaron los últimos meses.                                       

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